NoToro

viernes, febrero 10, 2006

Veinte cuadras


Veinte cuadras entre el bar donde nos conocimos y tu casa. No quería quedar mal con vos, así que fueron veinte cuadras de silencio...
El miedo, baby...

Miedo a que no me salgan las palabras, al sonido de mi voz, a que el ruido de la calle tape mi voz, miedo a bostezar, a tu indiferencia, a aburrirte, miedo a ser demasiado lento, a zarparme, a parecer demasiado torpe, o demasiado vivo, o fanfarrón, o un salame, o cagón, o soberbio, miedo a decir pavadas, a hablar más de la cuenta, a sesear, a tartamudear, a hablar gangoso, a tirar fruta, a que parezca una entrevista, miedo a esquivar tu mirada, a mirarte demasiado fijo, a incomodarte, a ser inoportuno, miedo a hablar despacio, a gritar, a reirme mucho, a darte la razón aunque no la tengas, a mentir, miedo a salpicarte saliva, a que se me junte baba en la comisura de la boca, miedo a que se me escape un furcio, o una puteada, o un gallo, o un eructo, o un moco, o un pedo, ¡o todo junto!, miedo a rascarme la oreja con el dedo meñique, a que veas mis uñas sucias, mis lagañas, a que se me noten los dientes faltantes, a tener restos de comida entre los dientes que me quedan, miedo a que pienses que soy puto, miedo a mirarte las tetas y que te des cuenta, miedo a ponerme al palo y que te des cuenta, miedo a que creas que sólo te quiero coger, miedo a decir toda la verdad, miedo a darte lástima, a perder el control, a perder la calma, a paralizarme, a gesticular demasiado, a temblar de nervios, a sudar las manos, a tener mareos, a vomitar encima tuyo, a prenderme fuego, a delirar de fiebre, a que me baje la presión, a desmayarme, a morir en el intento, miedo al silencio

Después de tu portazo, me tardó un año en volver a crecer la lengua.

sábado, septiembre 24, 2005

Y nunca más lo volví a ver

Una vez me dijo Polo (y nunca más lo volví a ver) que yo tenía un gran poder en la palabra, y que no lo esconda usando poesía. Fue después de tener una larga charla sobre surrealismo, ese chiche nuevo que me había llegado gracias a Giggy. Mientras El Pendejo (DJ Joy) miraba sin entender, sorbiendo su vaso de cerveza.
Es una tarde calurosa en la que nos escapamos del laburo y nos sentamos en una mesa puesta en la vereda en un bar de Medrano y Humahuaca, a tomar unas bien frescas.
Polo aparece de la nada y nos mira con ojos tristes blandiendo un palo en la mano, una pata de silla, o mejor, de mesa ratona. Parado a un metro de distancia, como una especie de Jesús en el Templo a punto de romper todo. “¿La están pasando bien, sentados, riéndose, tomando cerveza, olvidándose de la tristeza del mundo por un rato?”. Hay un aire de resentimiento en su expresión. “Sí, eso mismo estamos haciendo”, le digo con aire sobrador mientras El Pendejo traga saliva y busca con la mirada una inexistente cámara oculta. Eran ésos tiempos paranoicos. “¿Querés un poco?”, agrego antes de que siga con su ataque, que me parece premeditado y hasta ensayado, quién sabe cuántas veces repetido. OK, esta vez te cambio un poco el libreto, quiero una sorpresa. Después de todo, no puedo defraudar a El Pendejo, que me cree su gurú. Se queda pensativo mirando a la botella mojada y fría, que en días así invita, sensual como nunca, a tomar y callar. Baja la vista, esos ojos de loco de remate apuntan por unos segundos a un chicle pegado en el piso, duro y seco, estriado, pisado por alguna zapatilla imprudente. Después, como volviendo desde el fondo de sus pensamientos, o desde el dictado a su oído de un ser invisible, me mira y sonríe. “Bueno, pero no voy a tomar de arriba. Voy a pagar otra...”, apoyando con la mano libre una moneda de un peso en la mesa. Un peso es poco para pagar otra, pero no le digo nada, me guardo la moneda en el bolsillo y le hago señas al mozo. Luego de las presentaciones, invito a Polo a sentarse y a dejar a un lado el palo. “Lo uso para defenderme, no para agredir”. Llega la nueva botella y sirvo, sintiéndome todo un anfitrión. Bebe, buen hombre, cuéntame tu misterio. Soy sólo un estúpido nene cínico jugando al civilizado y generoso en mi semana mística de hambre vegetariano.
Polo toma desesperado, como si fueran los últimos vasos de cerveza de su vida. A lo largo de la charla son abiertas unas cuantas botellas más, y el trabajo que tengo pendiente se pierde en el olvido, sólo de a ratos aparece el reloj en los ojos de El Pendejo, que teme un despido. Por eso no lo miro, lo puenteo. No quiero sentir la presencia del amo en la mirada del esclavo. Polo tampoco.
“Vengo de hablar con una chica, 28 años la pobre, tiene una enfermedad terminal (uhh), sabe que se va a morir y eso la tiene hecha mierda (pobre). Calculá que cada minuto que paso con ella, es un minuto menos de su vida, ¿entendés? (claro). Así que trato de levantarle el ánimo con cada palabra. Cualquier cosa, cualquier cosa, para que no se encierre con la tele (y sí). No quiere salir de su casa, todavía no la convencí”. Me mira fijo y levanta la voz. “Dejá de hacerte el pelotudo ¿querés?, quiero que entiendas, que realmente te pongas en su piel. Ella no puede venir acá, como ustedes, y sentarse feliz a chupar, como ustedes, y hacer de cuenta que no le importa nada...”. Lo interrumpo con un intento de perorata sobre la recompensa merecida de los que se doblan laburando, no soy ningún nene de mamá, lo gastado es bien ganado, etc. “Dejá, dejá. No entienden y punto”. La botella que llega juega el rol de punto y aparte.
Después, más distendido, nos contó de su paso por Malvinas, de cómo fue iluminado por un ser de otra galaxia, la luz más brillante que jamás había visto y que lo dejó loco, pero lleno de conocimiento y poder. “Soy ingeniero, abogado, psicólogo, arquitecto...”, no salteó ninguna profesión en su currículum verbal. Mientras detallaba sus múltiples ciencias, yo miraba su ropa sucia y gastada, sus zapatillas que no conocieron el descanso, y comenzaba a creer posible su paso por una guerra, pero con el Ejército de Salvación como patria. Un chiste que me guardé para contárselo a El Pendejo más tarde. Un par de cervezas más y capaz que decía que resultaba ser el mismo Presidente. El cinismo para tomar distancia, como barrera contra la posibilidad de creer en algo que nunca nos enseñaron, algo que nos hace sentir pequeños, algo que nos da miedo.
Así que intento deslumbrarlo con las recién aprendidas lecturas surrealistas que rebotan en mi cabeza hueca, en mi mente vacía de verdadera vida. Intento tender un puente entre los dos mundos, un equilibrio necesario. Si vamos a delirar, que sea en un terreno conocido. De más está decir que me saca la ficha y me da vuelta con nombres y apellidos que yo alcanzo a recordar sólo como referencias, con algunas frases sueltas, que bien puestas me hacen parecer casi un entendido en la materia. Polo recita poemas que me hacen mover, incómodo en la silla de plástico blanco. Me empiezo a sentir mareado (mucha cerveza), pero a la vez no puedo dejar de escuchar. “Las orejas no tienen párpados”, me dice, y sigue hablando encendidamente, con otra mirada en los ojos. ¿Estoy preparado para tanto?. Si tuviera un grabador... Cámara oculta, ¿dónde estás? Ya es suficiente.
No. No es suficiente. Nunca es demasiado, me dicen sus ojos de borracho listo. Ahora soy yo el que mira al cielo, al sol que cae, la luz ambiental cambia y me voy reduciendo poco a poco en esa esquina llena de ruido y de gente que pasa y nos mira. Dos borrachos que gritan a la vez y El Pendejo, que ya está resignado, recostado en silencio en la silla, siguiendo mentalmente los culos de las chicas que vuelven de la escuela y moviendo la cabeza en un trance de loops y punchi-punchi.
Y yo voy alejándome de la mesa hacia el cielo que se oscurece lentamente, oyendo cómo el reloj del mundo hace sonar su alarma, que trato de alcanzar para correrla unos minutos, unos treinta minutos y, si se puede, más. Pero no llego, soy pequeño y mis brazos no tienen fuerza para estirarse tanto y hacer que el sol retroceda unos pocos milisegundos luz.
Nunca es demasiado, me dicen sus ojos de borracho listo, falta el premio consuelo que trae toda cámara oculta.
Pido la cuenta, para no callar. “Pendex... ¿me prestás un diez?”. “Bueno, está bien, Polo. Te creo. Ya me tengo que ir a marcar tarjeta. Pero antes, quiero que me digas algo”. Me guiña un ojo, asintiendo con la cabeza. “Vos me dijiste, entre tantas cosas, que sos psicólogo. Estuvimos hablando acá... ¿cuánto...? Tuviste tiempo para verme y escucharme un rato largo”. Mi lengua se traba en esta última frase, semidormida. Sigo con más cuidado al hablar. “Pudiste hacerte una idea de cómo soy. Yo nunca fui al psicólogo, así que no sé si está bien lo que te voy a pedir, pero quiero que me hagas un perfil psicológico, si querés, y que me des unos consejos... ¿Podés?. Digo... por ahí te parece una pavada, vos venís de ver a esta chica, con los días contados...”. No sé qué más decir.
Me mira cuidadosamente, otra vez el dictado silencioso dentro de su cabeza. “Pibe, vos tenés un gran poder en la palabra, pero no lo escondas usando poesía, largalo. Y cojé, cojé mucho, pibe, eso te va a salvar. Largá la paja. Te estoy hablando en términos mentales, entendelo”. El Pendejo suelta una sonora carcajada y yo me ruborizo, pero dejo en silencio que el aire fresco del ocaso me apague. El mozo retira los vasos y limpia la mesa con el trapo rejilla, echándonos silenciosamente.
Polo estira su brazo hacia mí y abre la mano en pose de pastor evangelista. Quiero creer, por un instante quiero creer, así que sigo el ritual televisivo y apoyo mi cabeza en su palma fría y húmeda. Los dos cerramos los ojos. Escucho un susurro inentendible y me dejo ir. Veo cómo las luces se van disolviendo en nubes azules primero, y rojas luego, hasta que se empieza a lavar el fondo de mis párpados que son ahora un lienzo vacío, tan blanco como una hoja no escrita. Y en ese vacío se empiezan a dibujar cada vez más nitidamente unos ojos, luego una boca, una nariz, un pelo enmarcando esa cara que ahora puedo ver claramente. Polo retira su mano. Abro los ojos.
“Pibe, esa moneda que te dí... devolvémela”. Se la doy y se va alejando con una sonrisa socarrona, sus ojos de borracho listo. Le digo que se está olvidando el palo. Hace un gesto con la mano, sin darse vuelta, su mano dice “no importa, ya encontraré otro”. Me cuesta levantarme, estoy pesado y mareado. “¿Vamos Pendex?”
Y esa cara que ví tan nítidamente dibujada como ahora te veo a vos, era la cara de La Rusa, a quien invité a salir esa misma noche por primera vez.
Pero esa es otra historia.

Vida Breve

Cuando el payaso es el dueño del circo, ya no resulta gracioso. Se evidencia el artificio. Ya nadie ríe cuando ve los hilos antes invisibles de su roja nariz. Se amplía el escenario y no hace más que mostrar su escasa altura, termina siendo un enano más en este circo. A pedido de Lucy La Dulce, hace bajar el peligroso trapecio y su amor imposible ya no está tan alto. Los elefantes vuelven a medir, luego de largos años de control, su propia fuerza y rompen las finas cadenas que alguna vez sirvieron para reprimir su locura, aplastando en la arena con saña los malos recuerdos que guardan en su memoria. El desfile de fenómenos ya no es tan excitante para los que pagaron su entrada empeñando lo peor de sus sueños. Los espectadores no se van, porque saben que lo mejor está siempre por venir, ilusamente aún lo creen. El mago no puede con sus viejos trucos para saciar su necesidad de ser niños por una vida breve. Ni mil contorsiones pueden ya hacerlos ver normales frente al espejo en sus paredes, nunca más Señor, protégelos de todo mal, amén.
Por eso el payaso aguanta y su piel se erosiona lentamente con ríos de sal y se demaquilla bajo la lluvia, porque sabe que el público tiende al aplauso con el domador devorado por el tigre salvaje. A la larga, la máscara será su verdadero rostro y el lugar será limpiado silenciosa y pulcramente con blancas hojas de afeitar, y el circo se irá a otra ciudad, de noche, con la satisfacción del trabajo cumplido y la bolsa bajo el sucio brazo culpable.

Flaca Fénix

Te bautizo así, mi viejo nuevo huésped nocturno.
Te abrí la puerta en un verano no tan viejo.
Ahora te enciendo para darte vida una vez más.
Quiero dejarte, pero antes de terminar de pensarlo, te vas, dejándome cenizas y un imperceptible temblor.
Sé que sos pasajera en mi casa, por lo que no me vas a poder lastimar mucho.
Sos el blanco de mis caricias y mis besos hasta que aparezca la que espero.
Sos la silenciosa compañera infiel de mi respiración.
Humeante bailarina alocada, formando costas de cartografía imposible.
No me interesa tu historia, no te pregunto nada, aunque cada tanto, si tengo paciencia, me das pistas del origen de tu vagar, de la tierra de la que fuiste prematuramente arrancada.
Cada tanto vacío tu sucio cementerio para borrar las huellas que no te gusta dejar, las huellas de tantos cadáveres de deshonrosa muerte, abandonados por tu chispa.
Laberinto al cual entré buscando la salida de lo ya perdido, la inspiración que da el misterio.
Tu aroma me recuerda el del pelo enredado de mi primer compañera, el aliento escondido de mi primer amor.
Vela de escasa iluminación, envuelta en suave seda.
Enlace necesario entre mi necesidad y la tuya.
¿Te acordás de cuando mirábamos la luna en la ventana, y nos parecía un tuerto espía que nos guiñaba su ojo dándonos permiso para lo que no podíamos nombrar?
Ahora que lo podemos llamar por su nombre, no nos molestamos en hacerlo.
Ahora te enciendo para darte vida una vez más, pensando que será la última vez.

domingo, agosto 28, 2005

El último aire

Tengo un mapa roto en mí, sin Sur
Llenalo, prepara un tour
Yendo hacia atrás,
Guiame, no sé manejar

Volver siempre fue un sueño cruel
Ya no espero al amanecer
Cuenta hasta cien
Se funde el motor en mi piel

Así es como debe terminar
El último aire de felicidad
Hay en mi boca
Mientras bajo la velocidad

Ser libre no es el fin del escape

Alergias de almohada por un amor-diente
Es gota de insomnio tu beso en mi frente
Me gusta tu fama de nivel tres en cuatro
La máquina blanda me ofrece este trato

Ser libre no es el fin
...del escape

Van cinco mañanas de hielo y de encierro
La fiebre no es trampa si elijo el remedio

No trago las piedras y esquivo
La guardia vieja al salir
Y cruzo sin puente y sin miedo
Una puerta fácil de abrir
Enfrente me esperás para no dormir
Enfrente me ayudás a no dormir

Es largo este juego en que nos perdemos
No me tengas miedo, yo soy el que ordeno
Es tu último aliento, es mi último sueño
Se funde de rojo el turno incompleto

Ser libre no es el fin
...del escape

The Cautivo (Gualicho Tea)

Before that day I had a Rancho
On the outsides of BA
Came Malon with Zafarrancho
And I never was the same

I was taken by the savage
Hungry Pampa women crowd
On Matungos a long footage
To their Tolderia flowed

And you let me live to sing for you
Little Pampa set me free
But you know I can't say No to you
With Gualicho tea

Don't kick me out Mr. Pulpero
'Cause I won't be here for long
And please call some Curandero
For Mandinga's in my soul

I used to be a gentle Huinca
Pajuerano but good man
Now I'm lazy and Chicha-drinka
And I hate the Tucu-men

Would you let me stay to sing my plea
Martin Fierro set me free
But you know at five o'clock I need
My Gualicho tea

Imperio Maltés

Una mujer baila en medio de la arena. Vestida de odalisca, con el rostro tapado por un velo blanco, sus manos atraviesan el aire cálido con gracia y ternura. Yo la observo extasiado, sentado en un tronco caído. Hay algo en la danza de la muchacha que hipnotiza, que acelera mi frío corazón de soldado. No hay música, pero tampoco es necesario. Baila al ritmo de mis latidos borrachos de placer. Da vueltas como un enloquecido molino de viento, un amuleto de fertilidad que busca hacer renacer el prado que existió hace miles de años en este lugar perdido, hasta que algún tsunami lo convirtió en playa vacía. Sus ojos de color petróleo parecen no notar mi presencia. Soy un intruso espectador, invisible, observando el origen del universo. Siento unos deseos irrefrenables de acercarme y unirme a la danza ritual, pero temo asustarla. El miedo a provocar miedo, lo mismo que me hizo desertar antes de empezar la batalla. Sus pies rozan la arena pero no dejan huellas, debe ser leve como una pluma, frágil como un susurro.
Sigue bailando, rosa del desierto, tengo mucho que olvidar.
Se acerca imperceptiblemente cada vez más, y cada centímetro es un año del pasado que queda atrás. Cuando por fin está enfrente mío, soy un niño de nueve años que ríe inocentemente, pero ¡ay!, demasiado fuerte. Se detiene sorprendida. Contengo mi respiración para que no cese de bailar, pero ya es demasiado tarde. Su oído está alerta, olfatea con cuidado el aire. Me doy cuenta de que sus ojos no pueden ver. Siento como me ruborizo de vergüenza ante el descuido. Me ha detectado. Sus ojos enceguecidos me atraviesan. Afortunadamente parecen sonreir. Lentamente descubre su velo para besarme. Al descorrerlo puedo ver las profundas arrugas que atraviesan su rostro, como el mapa de un país desconocido para mí. Su sonrisa desdentada extrañamente no me produce pavor, sino una atracción gravitatoria que busca arrastrarme a un refugio. Y me dejo caer.

–¡Por favor... píntame un cordero!- Me despierta la extraña vocecita de un niño.
–¿Eh?
–¡Píntame un cordero!- repite.
–¡El Principito!– grito levantándome de un salto. Pero cuando se acomoda mi mirada a la luz del amanecer, veo que es un anciano vestido con harapos.
–¡Jajaja! ¿Qué dice, hombre?–. Su voz es cascada y aguardentosa, de un tabernero del infierno. –Llámeme como quiera, pero nada de títulos nobiliarios, por favor. Hace rato que ya abandoné mis funciones.
–¿Quién carajo es usted?– pregunto mientras trato de ubicar el paisaje.
–¿Qué carajo le importa?– me contesta, y su voz pierde toda ingenuidad. Es una voz acostumbrada al mando. No puedo más que doblegarme a su autoridad.
–Per... perdón. ¿Podría ser tan amable de decirme quién es usted?
–Eso no importa, por lo que veo usted no es de aquí.
Hace una pausa y me mira detenidamente, examinando mi uniforme.
–¿Nombre?
–N... no me acuerdo-. Hago un esfuerzo por recordar, pero es inútil.
–Bueno, tranquilo, lo llamaré Sacroig, ¿le gusta?
–No.
–Relájese, Sacroig, es bueno tener compañía. Alguien con quién hablar. Alguien que no me conozca, eso me tranquiliza.
–Per...
–De paso, tengo un poco de hastur en mi pipa. ¿Quiere?
–Yo...
–Fume, Sacroig, fume...–, dice, alcanzándome su pipa.
Fumo un poco de hastur y siento ceder el pánico que me había embargado.
–Usted puede serme de gran utilidad, Sakroig–. Su voz se distorsiona en mis oídos. –Usted será mi enlace, y yo voy a devolverle la memoria.
–¿Mmmh?–. Ya no puedo pensar.
–A propósito... éste es el Imperio Maltés.

lunes, agosto 22, 2005

El Increíble

Yo tenía unos 8 años. El Increíble vivía en la única habitación situada en la terraza del Hotel Corrientes. Se sentaba en la puerta a ver pasar las vecinas que subían a colgar la ropa, las parejitas de adolescentes que iban a esconderse de la celosa mirada paterna, y los chicos que subían en busca de aventuras y de ratas.
Yo subía con mi amigo Orlando (de quien supe con los años que fue atrapado in fraganti robando en un supermercado, justo enfrente de la comisaría 2ª.), con C’nen (un refugiado laosiano que me enseñó todos los trucos para ganar a las Damas), Montiel (otro laosiano de cuyo nombre desconfié siempre, ya que me parecía que su padre argentinizó su verdadero nombre. Quién sabe si se llamaba M’teh, o algo así. Siempre me decía que su viejo lo iba a llevar a vivir a Sanviciente), y Sergio (con quien siempre nos peleábamos a la tarde y nos amigábamos a la noche). Y tantos otros que olvidé. Mi memoria es un queso Gruyere.
El Increíble nos mandaba a comprar cigarrillos y nos dejaba comprar caramelos con el vuelto. Era un tipo muy querible. Alto, macizo y con el pelo largo. Le pusimos ese apodo por su parecido con El Increíble Hulk. Y también por su forma de hablar, gutural, totalmente inentendible. Ahora pienso tontamente en un cierto parecido a Gene Simmons.
Fumaba tabaco y porro como condenado. Siempre tenía un cigarrillo en la mano, siempre estaba rodeado por un aura de humo que nos lo hacía parecer sagrado. Así, sentado como un monje profano, nos hablaba a los que nos sentábamos en ronda ante él. Nos contaba historias, o al menos eso parecía. Nos reíamos si él se reía, nos poníamos serios si se oscurecía su mirada al relatar, pero no entendíamos un carajo. Era El Increíble y eso era suficiente para nosotros.
Nuestros viejos no querían que subiéramos a visitarlo. Era un drogón, un loco de la guerra, nos decían. Así nos enteramos que estuvo en Malvinas.
Pero igual nos escapábamos apenas podíamos para sentarnos en el piso y ver sus ojos tristes, su sonrisa cansina. Algunos le pedían que les convide un pucho, pero sus gruñidos nos hacían entender que era imposible. Y ni hablar si alguno se robaba algún cigarrillo del paquete al ir a comprar. Tenía una idea de niñez demasiado pura para esos tiempos. Y es que él mismo era un nene grande, jugando al papá.
Muchas noches, me despertaba un sonido del patio. Un dragón gigante se paseaba con pasos pesados, retumbaban las paredes con el golpe de sus puños, y todo era acompañado rítmicamente por el hondo respirar de ese animal salvaje que tal vez carreteara para levantar vuelo sin lograrlo. Sonaba como un fuelle que agitara el fuego del infierno, como el lobo tratando de derribar las paredes de los chanchitos. Los chanchitos éramos todos los habitantes del hotel, y con su respirar nos advertía que no saliéramos, que algo andaba mal en el país del Nunca Jamás. Recorría arriba y abajo el hotel, para que nadie dejara de estar enterado que el infierno ardía como nunca.
Yo me acurrucaba en mi cama y me tapaba pensando que en cualquier momento el monstruo, que de tanto en tanto cruzaba su sombra por mi puerta, iba a entrar haciendo estallar los vidrios. Una noche, tuve el coraje de levantarme de mi cama y acercarme a la de mis viejos. Ante mi pregunta me dijeron que estaba todo bien, que era inofensivo. El Increíble era un drogón y sufría la abstinencia por las noches.
Me acerqué a los vidrios de la puerta y, descorriendo apenas la cortina, esperé para verlo pasar. Esperaba ver su sonrisa y un guiño en sus ojos diciendo: No digas nada, pero estoy jugando al monstruo. Y entonces saldría, lo abrazaría y yo también iría caminando por las baldosas respirando fuerte y golpeando las paredes. Les diría a mis amigos que hicieran lo mismo y seríamos una legión de dragones asustando a los grandes, como cuando había cortes de luz y salíamos gritando y ululando desaforadamente para exorcizar los fantasmas.
Pero cuando cruzó rápido por mi puerta, me quedé congelado al ver que El Increíble tenía los ojos llenos de lágrimas, y su sonrisa era un rictus tenso que parecía a punto de romper los dientes. El Increíble se había transformado. Algo lo habrá hecho enojar, pensé. Regresé corriendo a acostarme y no me preocupé en las siguientes noches. Yo sabía que después de todo, era un justiciero.
A veces me descubro recorriendo las calles vacías, de noche. Caminando solo y con grandes pasos. Entonces, me acuerdo de él y sonrío. Y empiezo a respirar fuerte. Pero dejo de hacerlo ante la mirada ajena. Me hago el gil y me río de mí mismo, prendiendo un pucho. No hay razón para llorar. El infierno ya pasó, o eso creo. Ya no hay nadie que lo agite como lo hacía El Increíble.
El Increíble montó su dragón y por fin levantó vuelo. No le habrá sido fácil. Una mañana, mientras caminaba hacia la escuela, vi una mancha de sangre en la vereda. Me dijeron que se había tirado de cabeza la noche anterior. Me cagué de risa. Pobres chanchitos.

Canción Infantil

La canción del espantapájaros

Soy un espantapájaros
Sólo un espantapájaros
Cuidando este campo lleno de plantitas
Pasan hormiguitas, me hacen cosquillitas
Uyuyuyuyuyuyy

Soy un espantapájaros
Feliz espantapájaros
Cuidando este campo lleno de loritos
Me enseñan de todo, me cuentan cuentitos
Uyuyuyuyuyuyy

Soy un espantapájaros
Un sabio espantapájaros
Cuidando este campo lleno de bichitos
Para hacer sus nidos, me sacan cuerpito
Uyuyuyuyuyuyy

Soy un espantapájaros
Un flaco espantapájaros
Cuidando este campo lleno de cuervitos
Con sus picotazos sacan mis ojitos
Uyuyuyuyuyuyy

Soy un espantapájaros
Un chino espantapájaros
Cuidando este campo lleno de agujeros
Se viene un vientito y me vuela el sombrero
Uyuyuyuyuyuyy

Soy un espantapájaros
Pelado espantapájaros
Cuidando este campo, viene un calorcito
No tengo cremita, me quema un poquito
Uyuuyuyuyuyuyy

Soy un espantapájaros
Un negro espantapájaros
Cuidando este campo, acá en Hiroshima
Pero ya hace un tiempo que nadie se arrima
Uyuyuyuyuyuyuyy

Soy un espantapájaros
Enfermo espantapájaros
Cuidando este campo quién sabe hasta cuándo
Viene un angelito, lo sigo volando
Uyuyuyuyuyuyuyy

Un Nuevo Comienzo

Gracias a la inspiración de mi amiga Jélen, visceralista siempre en estado salvaje, me animo a transplantar algunas mutaciones internas, para que se reproduzcan y provoquen a largo plazo algún tipo de evolución, sobreviviendo a las defensas orgánicas de la vergüenza adquirida. Hoy ya es tarde.