Una vez me dijo Polo (y nunca más lo volví a ver) que yo tenía un gran poder en la palabra, y que no lo esconda usando poesía. Fue después de tener una larga charla sobre surrealismo, ese chiche nuevo que me había llegado gracias a Giggy. Mientras El Pendejo (DJ Joy) miraba sin entender, sorbiendo su vaso de cerveza.
Es una tarde calurosa en la que nos escapamos del laburo y nos sentamos en una mesa puesta en la vereda en un bar de Medrano y Humahuaca, a tomar unas bien frescas.
Polo aparece de la nada y nos mira con ojos tristes blandiendo un palo en la mano, una pata de silla, o mejor, de mesa ratona. Parado a un metro de distancia, como una especie de Jesús en el Templo a punto de romper todo. “¿La están pasando bien, sentados, riéndose, tomando cerveza, olvidándose de la tristeza del mundo por un rato?”. Hay un aire de resentimiento en su expresión. “Sí, eso mismo estamos haciendo”, le digo con aire sobrador mientras El Pendejo traga saliva y busca con la mirada una inexistente cámara oculta. Eran ésos tiempos paranoicos. “¿Querés un poco?”, agrego antes de que siga con su ataque, que me parece premeditado y hasta ensayado, quién sabe cuántas veces repetido. OK, esta vez te cambio un poco el libreto, quiero una sorpresa. Después de todo, no puedo defraudar a El Pendejo, que me cree su gurú. Se queda pensativo mirando a la botella mojada y fría, que en días así invita, sensual como nunca, a tomar y callar. Baja la vista, esos ojos de loco de remate apuntan por unos segundos a un chicle pegado en el piso, duro y seco, estriado, pisado por alguna zapatilla imprudente. Después, como volviendo desde el fondo de sus pensamientos, o desde el dictado a su oído de un ser invisible, me mira y sonríe. “Bueno, pero no voy a tomar de arriba. Voy a pagar otra...”, apoyando con la mano libre una moneda de un peso en la mesa. Un peso es poco para pagar otra, pero no le digo nada, me guardo la moneda en el bolsillo y le hago señas al mozo. Luego de las presentaciones, invito a Polo a sentarse y a dejar a un lado el palo. “Lo uso para defenderme, no para agredir”. Llega la nueva botella y sirvo, sintiéndome todo un anfitrión. Bebe, buen hombre, cuéntame tu misterio. Soy sólo un estúpido nene cínico jugando al civilizado y generoso en mi semana mística de hambre vegetariano.
Polo toma desesperado, como si fueran los últimos vasos de cerveza de su vida. A lo largo de la charla son abiertas unas cuantas botellas más, y el trabajo que tengo pendiente se pierde en el olvido, sólo de a ratos aparece el reloj en los ojos de El Pendejo, que teme un despido. Por eso no lo miro, lo puenteo. No quiero sentir la presencia del amo en la mirada del esclavo. Polo tampoco.
“Vengo de hablar con una chica, 28 años la pobre, tiene una enfermedad terminal (uhh), sabe que se va a morir y eso la tiene hecha mierda (pobre). Calculá que cada minuto que paso con ella, es un minuto menos de su vida, ¿entendés? (claro). Así que trato de levantarle el ánimo con cada palabra. Cualquier cosa, cualquier cosa, para que no se encierre con la tele (y sí). No quiere salir de su casa, todavía no la convencí”. Me mira fijo y levanta la voz. “Dejá de hacerte el pelotudo ¿querés?, quiero que entiendas, que realmente te pongas en su piel. Ella no puede venir acá, como ustedes, y sentarse feliz a chupar, como ustedes, y hacer de cuenta que no le importa nada...”. Lo interrumpo con un intento de perorata sobre la recompensa merecida de los que se doblan laburando, no soy ningún nene de mamá, lo gastado es bien ganado, etc. “Dejá, dejá. No entienden y punto”. La botella que llega juega el rol de punto y aparte.
Después, más distendido, nos contó de su paso por Malvinas, de cómo fue iluminado por un ser de otra galaxia, la luz más brillante que jamás había visto y que lo dejó loco, pero lleno de conocimiento y poder. “Soy ingeniero, abogado, psicólogo, arquitecto...”, no salteó ninguna profesión en su currículum verbal. Mientras detallaba sus múltiples ciencias, yo miraba su ropa sucia y gastada, sus zapatillas que no conocieron el descanso, y comenzaba a creer posible su paso por una guerra, pero con el Ejército de Salvación como patria. Un chiste que me guardé para contárselo a El Pendejo más tarde. Un par de cervezas más y capaz que decía que resultaba ser el mismo Presidente. El cinismo para tomar distancia, como barrera contra la posibilidad de creer en algo que nunca nos enseñaron, algo que nos hace sentir pequeños, algo que nos da miedo.
Así que intento deslumbrarlo con las recién aprendidas lecturas surrealistas que rebotan en mi cabeza hueca, en mi mente vacía de verdadera vida. Intento tender un puente entre los dos mundos, un equilibrio necesario. Si vamos a delirar, que sea en un terreno conocido. De más está decir que me saca la ficha y me da vuelta con nombres y apellidos que yo alcanzo a recordar sólo como referencias, con algunas frases sueltas, que bien puestas me hacen parecer casi un entendido en la materia. Polo recita poemas que me hacen mover, incómodo en la silla de plástico blanco. Me empiezo a sentir mareado (mucha cerveza), pero a la vez no puedo dejar de escuchar. “Las orejas no tienen párpados”, me dice, y sigue hablando encendidamente, con otra mirada en los ojos. ¿Estoy preparado para tanto?. Si tuviera un grabador... Cámara oculta, ¿dónde estás? Ya es suficiente.
No. No es suficiente. Nunca es demasiado, me dicen sus ojos de borracho listo. Ahora soy yo el que mira al cielo, al sol que cae, la luz ambiental cambia y me voy reduciendo poco a poco en esa esquina llena de ruido y de gente que pasa y nos mira. Dos borrachos que gritan a la vez y El Pendejo, que ya está resignado, recostado en silencio en la silla, siguiendo mentalmente los culos de las chicas que vuelven de la escuela y moviendo la cabeza en un trance de loops y punchi-punchi.
Y yo voy alejándome de la mesa hacia el cielo que se oscurece lentamente, oyendo cómo el reloj del mundo hace sonar su alarma, que trato de alcanzar para correrla unos minutos, unos treinta minutos y, si se puede, más. Pero no llego, soy pequeño y mis brazos no tienen fuerza para estirarse tanto y hacer que el sol retroceda unos pocos milisegundos luz.
Nunca es demasiado, me dicen sus ojos de borracho listo, falta el premio consuelo que trae toda cámara oculta.
Pido la cuenta, para no callar. “Pendex... ¿me prestás un diez?”. “Bueno, está bien, Polo. Te creo. Ya me tengo que ir a marcar tarjeta. Pero antes, quiero que me digas algo”. Me guiña un ojo, asintiendo con la cabeza. “Vos me dijiste, entre tantas cosas, que sos psicólogo. Estuvimos hablando acá... ¿cuánto...? Tuviste tiempo para verme y escucharme un rato largo”. Mi lengua se traba en esta última frase, semidormida. Sigo con más cuidado al hablar. “Pudiste hacerte una idea de cómo soy. Yo nunca fui al psicólogo, así que no sé si está bien lo que te voy a pedir, pero quiero que me hagas un perfil psicológico, si querés, y que me des unos consejos... ¿Podés?. Digo... por ahí te parece una pavada, vos venís de ver a esta chica, con los días contados...”. No sé qué más decir.
Me mira cuidadosamente, otra vez el dictado silencioso dentro de su cabeza. “Pibe, vos tenés un gran poder en la palabra, pero no lo escondas usando poesía, largalo. Y cojé, cojé mucho, pibe, eso te va a salvar. Largá la paja. Te estoy hablando en términos mentales, entendelo”. El Pendejo suelta una sonora carcajada y yo me ruborizo, pero dejo en silencio que el aire fresco del ocaso me apague. El mozo retira los vasos y limpia la mesa con el trapo rejilla, echándonos silenciosamente.
Polo estira su brazo hacia mí y abre la mano en pose de pastor evangelista. Quiero creer, por un instante quiero creer, así que sigo el ritual televisivo y apoyo mi cabeza en su palma fría y húmeda. Los dos cerramos los ojos. Escucho un susurro inentendible y me dejo ir. Veo cómo las luces se van disolviendo en nubes azules primero, y rojas luego, hasta que se empieza a lavar el fondo de mis párpados que son ahora un lienzo vacío, tan blanco como una hoja no escrita. Y en ese vacío se empiezan a dibujar cada vez más nitidamente unos ojos, luego una boca, una nariz, un pelo enmarcando esa cara que ahora puedo ver claramente. Polo retira su mano. Abro los ojos.
“Pibe, esa moneda que te dí... devolvémela”. Se la doy y se va alejando con una sonrisa socarrona, sus ojos de borracho listo. Le digo que se está olvidando el palo. Hace un gesto con la mano, sin darse vuelta, su mano dice “no importa, ya encontraré otro”. Me cuesta levantarme, estoy pesado y mareado. “¿Vamos Pendex?”
Y esa cara que ví tan nítidamente dibujada como ahora te veo a vos, era la cara de La Rusa, a quien invité a salir esa misma noche por primera vez.
Pero esa es otra historia.